Por Patricia Laplana para Líder Actual
La experta analiza cómo la creciente participación de mujeres en finanzas y liderazgo transforma decisiones económicas, fomenta independencia y redefine estrategias de inversión a nivel global
Ruth Bader Ginsburg fue una jurista estadounidense y una de las figuras más influyentes en la lucha por la igualdad de género en el siglo XX y comienzos del XXI. Su afirmación me ha resultado especialmente reveladora: a lo largo de la historia, las mujeres siempre han estado presentes en la toma de decisiones, de manera directa o indirecta, con mayor o menor reconocimiento según el momento histórico.
En el ámbito financiero, esta realidad se manifiesta hoy en una doble transformación. Por un lado, asistimos a una visibilidad creciente y a un mayor protagonismo femenino en el terreno profesional: dirección financiera, inversión, asesoramiento, emprendimiento y liderazgo corporativo.
Por otro, se consolida un cambio de tendencia en el control y la toma de decisiones dentro de las finanzas familiares, donde la mujer asume un papel cada vez más activo, estratégico y determinante.
Aunque las mujeres representamos alrededor de la mitad de la fuerza laboral en servicios financieros, nuestra presencia disminuye conforme suben los niveles jerárquicos y muy pocos puestos en posiciones tradicionales de poder como CEO o CFO—, son ocupados por mujeres .
Mirando de cerca nuestra industria a nivel global, hay un incremento y un cambio de tendencia en la presencia de las mujeres en puestos de alta dirección aunque las cifras cambian en función de las regiones (en Asia está mucho más extendido el rol de la mujer como directiva que en países occidentales).
Estos números ponen de manifiesto que, aunque hay progreso, todavía existe un abismo entre la presencia femenina en niveles medios y la dirección estratégica real. Esto también se traduce en desigualdades salariales y menor visibilidad en posiciones de alta responsabilidad. No obstante, ésto está cambiando gracias a la proliferación de programas de liderazgo, redes corporativas, educación financiera en las primeras etapas de la enseñanza… entre otras iniciativas.
El aumento de visibilidad de mujeres líderes como modelos a seguir para generaciones más jóvenes, y la creación de referentes impulsará un cambio de modelo en este sentido y nos permitirá avanzar en esta tendencia. Este impulso no sólo abre nuevas oportunidades profesionales para mujeres en finanzas, sino que transforma culturas corporativas, modelos de liderazgo y la forma en que se diseñan decisiones económicas relevantes a nivel global.
Desde mi rol como directora del área de clientes en Norz Patrimonia, veo cada día cómo va creciendo el número de mujeres que participa en la gestión de sus finanzas personales y profesionales. La inversión se ha convertido en una herramienta clave para promover nuestra independencia económica. Es una forma de tomar el control, de decidir sobre nuestro futuro y de ganar tranquilidad. Sin embargo, es evidente que todavía nos queda mucho por avanzar.
Aún hoy, conozco a muchas mujeres que piensan que el mundo financiero no es para ellas, que lo ven complejo, lejano o incluso inaccesible. En muchos casos, no es falta de capacidad, sino de confianza o de formación. Por eso creo firmemente que la educación financiera es clave. Cuando entendemos cómo funcionan nuestras finanzas, dejamos de delegar por inseguridad y empezamos a decidir con criterio propio. Y esto es lo que nos dota de independencia y empoderamiento.
Es cierto que históricamente los puestos directivos y el ámbito de la inversión han estado dominados por hombres. Eso ha hecho que, durante mucho tiempo, el perfil del inversor haya sido mayoritariamente masculino. Pero también es verdad que, en el entorno familiar, muchas veces somos nosotras quienes gestionamos, organizamos y, en última instancia, tomamos las decisiones importantes sobre el patrimonio.
Desde mi experiencia, aunque cada mujer es distinta, sí observo ciertos rasgos comunes. Tendemos a ser más prudentes a la hora de invertir. Nos sentimos más cómodas asumiendo riesgos moderados y priorizando la protección del capital. No se trata de falta de ambición, sino de una forma distinta de entender la rentabilidad: buscamos equilibrio, estabilidad y coherencia con nuestros objetivos vitales.
Además, muchas mujeres que empiezan a invertir lo hacen en una etapa más madura, cuando ya han construido un patrimonio y quieren preservarlo. Eso influye en el tipo de decisiones que toman. Solemos tener un propósito claro: planificar a largo plazo, asegurar el futuro, mantener la estabilidad. Ante momentos de volatilidad, nuestra reacción suele ser mantener la calma y pensar en el horizonte temporal, no en el corto plazo.
Aun así, no me gusta generalizar. No todas invertimos igual, ni todos los hombres lo hacen de la misma manera. Cada persona tiene su perfil, su historia y sus objetivos. Lo que sí tengo claro es que necesitamos seguir fomentando la educación financiera y la confianza, porque cuando una mujer entiende y gestiona sus finanzas, no sólo gana independencia: gana seguridad, libertad y poder de decisión.
Y ese cambio, aunque progresivo, ya está en marcha.