Nunca sobra recordar que la historia política está llena de requiebros, paradojas, reflujos, contradicciones. Una dinámica que aplica particularmente en el caso de los tránsitos hacia la democracia, como bien observan Lowenthal y Bitar: “Una vez en marcha, las transiciones evolucionan a distintas velocidades: se producen avances, repliegues y, con frecuencia, zigzagueos” (2016). En no pocos casos algunos “comienzos fueron tan difíciles” que parecían condenar “a no obtener más que exiguos resultados”; sin embargo, ocurrió lo contrario. La evidencia empírica colisiona así con cierto prejuicio: pues, tradicionalmente, la contradicción se ha percibido como defecto, síntoma de debilidad, ausencia de coherencia ideológica. Sin embargo, un análisis desprovisto de romanticismo doctrinal quizás nos llevaría a concluir que esta no necesariamente opera como una suerte de “error del sistema”; y que, visto lo visto, podría incluso ser fuente clave de transformación de las motivaciones y conductas de los actores políticos.
Durante la entrevista transmitida por Laiguana.tv, la activista política Mercedes Malavé reflexionaba al respecto: “estamos llenos de contradicciones… ¿por qué te impresiona que la gente rectifique, por qué te impresiona que en estos procesos haya contradicciones?”, señalaba ante el cuestionamiento del periodista sobre hipotéticos apoyos electorales en el campo opositor. Se compartan o no las razones que condicionan su alegato, lo cierto es que la contradicción no puede salir de una ecuación en la que la imprevisibilidad inherente a la acción humana tiene un rol protagónico. Intentar comprender cómo se producen cambios en los regímenes políticos obliga a recurrir al realismo político, sí, pero a la vez conviene enriquecer esos enfoques con una perspectiva antropológica del poder. A estas alturas del proceso venezolano toca reconciliarse con la idea de que el cambio no surgirá de la iluminación moral de los líderes, sino de decisiones racionales forzadas por la necesidad de adaptación a un entorno incierto, cada vez más resbaladizo, en permanente mutación.
Ya lo anticipan Maquiavelo, Hobbes, Morgenthau. Para los maestros del realismo, la naturaleza humana en el ámbito público está moldeada tanto por el deseo de poder como por el instinto de conservación. Una antropología realista no necesariamente pesimista, pero sí pragmática, partirá de la premisa de que la búsqueda de orden, seguridad y estatus orienta esos pulsos. Que la necessità, la fuerza de las circunstancias, más que la convicción de hierro, dictará el curso de la acción (eso que en 1593 llevó al “rey herético”, Enrique de Navarra, a abjurar del protestantismo, convertirse al catolicismo y luego emitir el célebre Edicto de Nantes, prueba de que «París bien vale una misa”). Que el poder, en tanto fin que remite a una relación dinámica de fuerzas y no a una mera abstracción, empujará a quien lo tiene a tratar de mantenerlo; y a quien no lo tiene y lo desea para sí, a conseguirlo.
He allí algunos elementos a considerar en relación a Venezuela. Quedar atrapados en un paradigma de predictibilidad absoluta a la hora de juzgar tales desarrollos, intentar encajar a rajatabla el modelo de las transiciones del siglo XX o comienzos del XXI quizás impida percibir e integrar el peso de otras lógicas que acá están operando; un peso invisible que introducen, sobre todo, las mentadas contradicciones. Es cierto que, en materia de “dosificación” institucional del cambio, el chavismo en el poder sigue jugando prácticamente solo, sin contrapesos internos que lo obliguen a modificar su bitácora. Aun así, no podemos ignorar que las condiciones encajadas por el 3E alteraron un entorno que, a expensas del control autoritario, la coacción sin restricción y el consenso pasivo resultante, la famosa “paz autoritaria”, en buena medida hacía predecible el comportamiento de los jugadores. Cuando ese entorno cambia de forma drástica, cuando la crisis socioeconómica, la presión internacional, los cismas y pugnas dentro del partido de gobierno o la demanda de relevo generacional añaden contingencias y amenazas inmanejables, el cálculo de supervivencia será otro para ese Zoon Politikon (básicamente, un animal adaptativo).
Acá emerge la primera contradicción: para conservar el poder en situación límite -o al menos una cuota de él-, lo razonable será cederlo o transformarlo. El gobernante que antes podía darse el lujo de actuar dogmáticamente, de cancelar cualquier posibilidad de reforma, liberalización o acercamiento al adversario, se verá entonces obligado a revisar su catálogo de respuestas. Y no lo hará movido por una súbita epifanía democrática, claro está; lo hará porque la realidad ha vuelto obsoleta esa intransigencia.
No en balde autores como Guillermo O’Donnell o Adam Przeworski ven en las democratizaciones el fruto de un juego de decisiones estratégicas bajo condiciones de incertidumbre. El cambio, en tanto aliño y corolario de la necesidad de acomodos, lejos de responder a fórmulas puras encuentra en esa discrepancia un mecanismo psicológico e institucional que habilita el paso entre aquello en lo que ayer se creía firmemente, y lo que hoy se requiere para prevalecer. Sin medios para realizar los fines, la feroz “coherencia” con principios de origen (y su eventual costo en materia de violencia o inmovilismo) compite acá con la disposición a abrazar esa contradicción. He allí la clase de puja que, en línea con la tesis de la contradicción adaptativa, también tuvo lugar en casos de transiciones complejas, menos paradigmáticos y relativamente recientes. Hablamos de la Ghana del «Big man» africano, Jerry Rawlings (2000). De la Mongolia dominada en 1990 por el Partido Revolucionario del Pueblo Mongol, satélite soviético ultradependiente de Moscú. Del Benín liderado en 1990 por Mathieu Kérékou; o del Taiwan de Chiang Ching-kuo, hijo del general Chiang Kai-shek.
Prueba de la capacidad humana de iniciar algo nuevo (Arendt), topamos con autoritarios devenidos liberales no por milagro, sí para asegurar la viabilidad futura. Un reflejo de los diversos caminos, saltos y desvíos improbables que han precedido a las transiciones; todas distintas, pero con élites y sociedades relacionadas de algún modo por la certeza de que, para avanzar, lo sensato será ajustarse a la singularidad del contexto, trabajar hacia lo interno en los espacios disponibles y con los recursos que efectivamente se tienen.
En ese sentido, es interesante observar cómo la cúpula oficialista en Venezuela, al intentar sortear la crisis histórica de legitimidad y forzada por un arduo modo de supervivencia, ha ido gestionando el relato de la contradicción sin mayores sonrojos. Nada que deba extrañarnos si apelamos a esa “humana, demasiado humana” lógica del poder. Los actores políticos no pueden simplemente decir que cambian para no perderlo todo, necesitan construir puentes de significado, aferrarse a cierta reingeniería semántica. Es esta elasticidad la que les permite lidiar con el cambio drástico de su comportamiento mientras intentan mantener la ilusión de continuidad identitaria frente a sus seguidores. La puja entre épica e híper-pragmatismo se aviva cuando, por un lado, se apela al discurso de la soberanía o se insiste en el discurso de los “leales siempre”, pero en la práctica fluyen las transacciones con el socio norteamericano o se producen movidas como la deportación de ex funcionarios clave como Saab, por ejemplo. Las contradicciones, síntoma de la recomposición de fuerzas de un chavismo post-Maduro que intenta no colapsar a merced de la disonancia y la fragmentación, revelan una tensión en pleno trámite, el trueque de concesiones energéticas, geopolíticas o humanitarias por la permanencia en el poder.
La pregunta persiste: ante la contradicción que prospera, abre grietas, genera oportunidades de evolución, ¿qué puede, qué debe hacer la oposición venezolana? Más que una consigna, una fe portátil, un “sentimiento”, la respuesta supone contar con una estructura y un leverage de los que la que ahora mismo carece. He allí una básica contradicción que, en esos otros cotos de seres deseantes, también convendría gestionar.
@Mibelis