Guerra. Triunfo. Muerte. Dolor. Engaño. Persistencia. Prudencia inagotable. El largo retorno a casa, al regazo de la astuta esposa que teje y desteje su sudario, cuando todo alrededor impele al olvido. Memoria tenaz, la que brilla desnuda en la corte de los feacios y deslumbra a la joven Nausícaa; memoria que a su vez se resiste a licuarse en las pócimas de Circe, en las caricias premiosas e interminables de Calipso. En materia de lidia con lestrigones y simplégades, de audaz marcha contra un destino que los dioses se empeñan en bordar con ásperos hilos, no hay héroe tan imperfecto, tan magnífico y humano como Odiseo. Veinte años fuera de Ítaca no han logrado doblegar su talante. Su mayor arma, que no es la fuerza bruta sino su agudeza y cautela, lo acompaña tanto en Troya como en el viaje que emprende en suerte de liza contra sí mismo y sus circunstancias. Es Odiseo el líder que, a pesar de los malos augurios, no abandona a su tripulación, apostando (no siempre con éxito) a que esos compañeros de viaje, mortales también, serán tan capaces como él mismo de superar la prueba de fuego del instinto.
Hay “thymos” en Odiseo, como también abundaba en Aquiles. Un líder no puede considerarse tal sin esa yesca que lo espolea. Pero esta «energía vital», fuerza pasional y emocional, el tipo de pathos que según los griegos ofrece motivación para la acción y la asertividad -incluyendo la ira tras la búsqueda de reconocimiento y justicia- en él cobra pleno sentido como lucha interna. Para Odiseo, el thymós no es solo fuerza ciega, cólera y deseo descomedido de venganza; es, ante todo, el motor de sus íntimos conflictos. Expresión, también, de ese ego que siglos después diseccionaría el psicoanálisis.
«¡Ay de mí! ¿Qué me sucederá al fin? Temo que sea verdad cuanto dijo la diosa, al afirmarme que en el ponto y antes de arribar a mi patria, había de padecer inmensos trabajos. Todo se va cumpliendo. ¡Con qué nubes ha cerrado Zeus el vasto cielo! […] ¡Tres y cuatro veces dichosos los dánaos que perecieron en la vasta Troya, luchando para complacer a los Atridas! Así hubiera debido morir yo…» (Canto V). En momentos de peligro extremo, el héroe entabla a menudo un diálogo con su “magnánimo espíritu”, lo regaña y le recuerda su resistencia y paciencia, ordena a su corazón que aguante los ultrajes y la humillación, a sabiendas que la astucia y el silencio le permitirán sobrevivir e imponerse sobre los pretendientes de Penélope. «¡Soporta, corazón mío! Un dolor más perruno soportaste el día en que el furioso Cíclope devoraba a mis valientes compañeros; y tú lo aguantaste, hasta que tu inteligencia te sacó del antro donde creías perecer» (Canto XX).
A diferencia de guerreros impulsivos de la Ilíada, pues, quizás la mayor hazaña de Odiseo reside en su capacidad para domar y reprimir su desbocamiento, para enfrentar a cíclopes, sirenas, monstruos aparentemente insuperables como Escila y Caribdis cuestionando antes su propio orgullo, descifrando su estropicio en latencia. He allí la energía que mantiene encendida la voluntad de regresar a Ítaca a pesar de todas las tarascas conjuradas en su contra.
Así que mientras Aquiles lucha por el kleos, la gloria inmortal, a cambio de una vida fugaz y el nombre que quedará al cuerpo que ha de perderse tras el flechazo de Paris; mientras su ira sin dique define a La Ilíada, Odiseo representa un paradigma de liderazgo completamente distinto. Con él triunfa la metis, inteligencia práctica, la astucia, la autocontención. Ya en el primer verso de La Odisea se nos presenta con el epíteto polýtropos, el de muchas mañas, fecundo en recursos, hombre que busca no la elevación sino el nóstos: el regreso. Su objetivo no es morir gloriosamente sino sobrevivir, proteger a sus hombres hasta donde le es posible. Y volver, volver al hogar. Podríamos decir con cierta osadía que Odiseo representa, en esencia, el primer líder pragmático de la literatura occidental.
En ese contraste de propósito reside una distancia medular entre los dos héroes, dos líderes. Aquiles conduce hacia adelante, arengando a sus brutales y leales mirmidones, marchando sobre los cadáveres de los suyos si es necesario, abrazado a la promesa de la muerte memorable. Tras la agridulce victoria, Odiseo conduce los pasos hacia atrás, hacia la casa, la esposa, el hijo, el padre anciano y, sobre todo, hacia una tripulación que depende de que él calcule bien, que haga lo mejor posible con los recursos de los que dispone. El primero es el campeón que arriesga vidas ajenas en aras de construir su propia leyenda. El segundo, en el mejor de los casos, el que arriesga la suya para salvar las de los demás.
En La Odisea, su responsabilidad se manifiesta no como destreza en el combate, pues, sino como habilidad para contener sus propias pulsiones. Sí: a golpes va aprendiendo que la astucia sin mesura también destruye, que la línea entre inteligencia y soberbia puede ser delgada y degenerar en autojustificación. En la cueva del Polifemo, esas aptitudes y sus giros se exhiben espléndidamente. Cuando el hijo de Poseidón devora a varios de sus hombres, la tentación del guerrero temerario habría sido sacar la espada y atacarlo mientras dormía. Pero Odiseo calcula veloz: matar al cíclope implica quedarse sin ayuda para mover la colosal roca que bloquea la salida. Al tanto de la carencia que lo pone en desventaja, elige entonces la estrategia sobre la fuerza. Miente sobre su identidad llamándose «Nadie», Outis, para que, una vez cegado, los gritos de auxilio del monstruo resulten inútiles ante los demás cíclopes. No es cualquier movida: al hacerlo renuncia a su nombre -la llave de la polis, el mayor tesoro para un heleno- en demostración suprema del Stratego dispuesto a tragarse su orgullo por el bien superior de la supervivencia. Una vez completado ese amargo trámite, Odiseo logra escapar junto a sus hombres bajo el vientre presuroso de los carneros. Ya a salvo, sin embargo, no resiste la tentación de gritar a Polifemo su verdadero nombre y linaje. ¡Ah, necio desliz! Ese exceso, ese deseo de que la hazaña lleve su firma le sale muy caro. Poseidón, dios de los mares, convierte un regreso que pudo ser breve en una calamitosa travesía de diez años de naufragios.
De allí, un aprendizaje. El riesgo asumido junto a las consecuencias. Odiseo quiere escuchar el letal canto de las Sirenas sin morir por ello. No evitará el peligro ni expondrá a otros a él, los protegerá de una tentación que no es suya. Para eso se hace atar al mástil con nudos diseñados para no poder ceder al Thánatos, su propio impulso de muerte, y ordena a su tripulación taponar oídos con cera. Prácticamente vemos acá un reflejo del autocontrol institucionalizado, el límite impuesto al propio poder, el moderno precompromiso; eso que en 1979 Elster describía como capacidad de una voluntad racional de restringir hoy sus opciones futuras, sabiendo que la voluntad de mañana -más débil, más tentada- podría decidir peor.
No en balde el helenista W. B. Stanford distinguía entre un «Ulises estadista» -el que administra su ingenio en función de un fin colectivo- y un «Ulises errante» que, en manos de autores como Dante, se erige en advertencia sobre la astucia sin brújula. El propio Homero da fe de que su héroe no está exento de ese aguijón: el grito que espeta al Cíclope es el mismo gesto que Dante amplifica en el Canto XXVI del Infierno. Allí, liberado de toda obligación con Ítaca, el héroe ha convertido su habilidad en pura ambición de trascender límites, arrastrando a los suyos a una muerte sin regreso.
Pero hoy se nos antoja manosear al primero, el zorro de Maquiavelo, el hombre de mil ardides, cuidando de no despojarlo de esa humanidad -no siempre luminosa- que lo hace tan portentoso como vulnerable. Con ella a cuestas -tal como lo muestra Nolan, en un dibujo libre y no menos entrañable de la propia obra de Homero- esquiva las trampas de Circe, sortea a Escila y Caribdis, decide sin épica limpia sacrificar a algunos por el bien mayor y cargar con la culpa indeleble que eso le deja en herencia. También pasar por mendigo en su propio palacio, hacerse de paciencia mientras evalúa fuerzas, cuenta aliados y espera el momento en que la acción tenga garantías de éxito. Ítaca ha dejado entonces de ser un lugar para convertirse en disciplina sostenida en el tiempo. Aun con Atenea como aval, el «líder odiseico» no es, después de todo, un modelo sin costo, un mesías sin hambres, un arquetipo libre de fracturas. Es uno que ha pagado, en el cuerpo y en los vínculos, el precio del cálculo constante para mantener con vida a los suyos; incluso de los que, del otro lado del viaje, esperan que alguien los devuelva a su origen.
@Mibelis