Un texto de François Jullien resulta especialmente interesante para analizar la acción del liderazgo en momento de crisis histórica e irresolución. En su Conferencia sobre la eficacia (2006) el autor reconstruye la tradición europea, de Platón a Clausewitz, para concebir la eficacia como la aplicación de una forma ideal, previamente trazada, sobre una realidad que se le resiste. Primero el modelo, el objetivo, el telos. Después, la voluntad que lo impone a la materia recalcitrante. En contraste, la tradición china que se despliega desde Sun Tzu a los taoístas, dice también Jullien, no parte de un objetivo sino de una situación: no se proyecta un fin, se detecta un potencial y se le deja madurar, del mismo modo en que un campesino no estira el brote sino que remueve la tierra a su alrededor. Una responde a la eficacia del general que traza un plan de batalla con antelación. La otra, a la eficiencia del labrador que no ve crecer la planta, pero comprueba un día que el fruto está por caer. En ese sentido, podríamos plantear una versión más modesta pero no menos desafiante de la misma alternativa para pensar el tránsito hacia la democracia… ¿Se transita por modelización o por maduración? ¿Se impone un desenlace o se lo deja venir?
En las transiciones a la democracia vive, sin duda, ese dilema. La tentación de apelar a la pura modelización lleva a recordar que la historia reciente está llena de planes perfectos amontonados en una gaveta, mientras la realidad sigue su curso. No obstante, al mismo tiempo, tampoco parece efectivo abandonarse a la pura maduración silenciosa. Una transformación que nunca se hace pública, que nunca se somete a discusión, a la que nadie puede juzgar ni solicitarle cuentas, es indistinguible, como el propio Jullien termina admitiendo, de la simple conservación del poder bajo otro rostro.
De esta doble exigencia se derivan cuatro virtudes “sin héroe” que cualquier transición requiere. Hablamos de plasticidad, flexibilidad estratégica, elasticidad, reducción de la fricción; así como de un límite que ninguna democratización puede cruzar sin dejar de serlo, la necesidad de un modelo político explícito, opuesto y debatible.
Sobre la plasticidad, Jullien distingue la acción (local, puntual, atada a un sujeto que se hace notar y a su epopeya) de la transformación, que es más bien global, continua y que no remite a ningún autor visible. Una institución o un régimen “plástico” es aquel capaz de modificar simultáneamente muchos de sus rasgos -su relación con el exterior, su discurso, sus alianzas, su economía- sin que ese cambio pueda señalarse como un acontecimiento único y con fecha precisa. La plasticidad es, en ese sentido, ambivalente, pues permite que un sistema se adapte hacia la apertura, pero con la misma facilidad lo habilita para que persista. No hay, en la plasticidad misma, ninguna garantía de dirección.
La flexibilidad estratégica, por su parte, remite a la negativa a atarse a un plan que la evolución de la situación ya volvió obsoleto. Sun Tzu llama a esto evaluación y no planificación: no se trata de proyectar sino de sopesar, capítulo por capítulo, dónde está hoy el potencial favorable, sabiendo que mañana puede haberse desplazado. Jullien echa mano para esto de la noción griega de metis (esa astucia de Odiseo que lo hacía capaz de percibir hacia dónde se inclinaba una situación y sacar provecho de ella sin imponerle una forma previa); una noción arcaica que la filosofía clásica terminó desplazando en favor del eidos platónico, del modelo. La flexibilidad estratégica es, en el fondo, esa metis recuperada. No se trata de ignorar que las circunstancias cambian, entonces, sino de leerlas y navegarlas en lugar de remar contra ellas.
A la capacidad de una situación o de los actores que la habitan para absorber una tensión fuerte sin quebrarse, de estirarse bajo presión y regresar a una forma viable en lugar de romperse en un conflicto abierto, es lo que Jullien describe como elasticidad. La imagen del fruto la ilustra bien. Forzar el brote, intentar producir un efecto desde afuera, lo secaría. Dejarlo madurar mientras la tierra alrededor se airea, hace que la misma tensión que podría destruirlo se convierta en energía de desarrollo. La elasticidad es la razón por la cual una transición exitosa -en especial, si ocurre vía negociación y pactos- suele parecerse menos a una ruptura que a una serie de acomodamientos sucesivos cuyo término exacto nadie puede anticipar.
Finalmente, está el asunto de la reducción de la fricción. Clausewitz, dice Jullien, distinguía entre trazar un plan y ejecutarlo: caminar sobre la tierra, algo natural, por ejemplo, vs caminar sobre el agua, donde todo ofrece resistencia. Fricción es esa dificultad que las circunstancias oponen a cualquier proyecto rígidamente modelizado: la lluvia que hunde las ruedas en el barro antes de Waterloo, la niebla de Austerlitz, las trincheras de 1914 que ningún Estado Mayor había previsto. Una transición que busca reducir la fricción no ataca la situación de frente: identifica factores ya favorables como la pérdida de apoyos de una élite, el agotamiento económico, la presión externa, y los deja actuar antes de forzar un desenlace que la realidad no está en condiciones de sostener. El momento de mayor eficiencia no sería el de la ruptura visible, entonces, sino el que la vuelve casi innecesaria.
El propio Jullien hace una observación que acá resulta decisiva. La eficiencia china tiene una pertinencia estratégica indiscutible, pero un punto ciego político: no sólo prioriza el éxito táctico sino que prescinde de la noción de sujeto libre. Sun Tzu puede describir al general que maneja a sus tropas -las propias y las del adversario- como si fueran ovejas, precisamente porque el estratega opera solo en su manejo de la situación, una soledad que excluye estructuralmente todo cuestionamiento público, toda movilización voluntaria. China, recuerda Jullien, no desarrolló la democracia; y no es casual que Clístenes, padre de la democracia ateniense, pensara su reforma apoyándose en los matemáticos jonios. Hay, desde el origen, un vínculo entre la construcción de una forma ideal modelizada, discutible, y la posibilidad misma de que exista vida democrática.
Dicho de otro modo: la transformación silenciosa, indirecta, discreta, eso que Jullien llama eficiencia, es indispensable para sobrevivir, para no desgastarse en la improvisación heroica que la situación no puede sostener. Pero sin un modelo público, plural y aglutinador, sin un objetivo explícito que pueda ser invocado, discutido y exigido -reformas, garantías, un Estado de derecho reconstruido-, esa misma transformación se vuelve indistinguible de la simple permanencia en el poder. La plasticidad, la flexibilidad, la elasticidad y reducción de la fricción serán, por tanto, condiciones necesarias para una transición democrática, pero no suficientes. A eso debemos añadir la pieza griega, el compromiso público con una forma que pueda oponérsele a quien la incumpla.
Pero una cosa es defender un modelo público como horizonte, eso que hace falta para que la eficiencia no se licúe en pura persistencia autoritaria, y otra es negarse en la práctica a mover los medios, la participación, el ritmo de la propia estrategia, pase lo que pase con la situación real. Lo segundo no es la pieza griega que la democracia necesita: es justo lo que Jullien, vía Clausewitz, señala como el límite no resuelto de la eficacia europea, seguir el plan trazado «hasta la desesperación, cualquiera que sea el precio», incluso cuando la experiencia ya mostró que el terreno no lo soporta. En Venezuela, por cierto, la fidelidad clausewitziana a posiciones fijadas antes del 3E (¿un “fruto forzado”? ¿una transformación con meollo opaco?) a menudo deja de ser lectura fina del potencial de situación (metis) para pasar a ser simple, invalidante rigidez.
Eso reordena el mapa en nuestro caso: no se percibe precisamente un bando «chino» adaptativo frente a una voz «griega» presta a la paciencia. Ambas lógicas -elasticidad genuina e intransigencia disfrazada de principios- atraviesan los dos campos. Y Jullien, ciertamente, no permite emitir veredicto. Firmeza y error estratégico son, mientras el proceso sigue abierto, indistinguibles desde afuera; qué ha prevalecido sólo lo dirá la maduración posterior.
@Mibelis