Visto en El Economista
Cuando un inversor perfila su cartera o un analista emite sus predicciones, uno de los aspectos más importantes está en los distintos pesos que les da a las zonas geográficas para equilibrar sus carteras en función de lo que esperan de cada una y del perfil de riesgo desde el que lo hagan.
Históricamente, en lo que se refiere a renta variable, apostar por Estados Unidos ha sido hacerlo por una composición mucho más ligada a la tecnología, de más crecimiento, pero siempre a multiplicadores muchos más altos que a los que cotizan en otras latitudes como la europea, mercado este con un mayor equilibrio sectorial, con más perfiles value y algo más de rentabilidad en los dividendos, entre otras cuestiones.
En cuanto a los resultados de una y otra estrategia, ofrecen pocas dudas. A nivel de bolsas, en los últimos 20 años el índice de referencia estadounidense, el S&P 500, ha acumulado una rentabilidad del 420% mientras que a este lado del Atlántico la cosecha se total se ha quedado en el 80%, 340 puntos porcentuales menos al no haberse podido beneficiar como Wall Street del boom de las grandes tecnológicas. Y es que de estos 20 últimos ejercicios, Europa ha batido a EEUU en nueve ocasiones.
Sin embargo, este año sí lo está logrando pese a que la crisis en Oriente Medio en un primer momento afectó mucho más a Europa que al territorio norteamericano por su mayor proximidad y dependencia energética. Por contra, un entorno de tipos más bajos y una menor exposición precisamente a la disrupción de la IA que tanta volatilidad está generando en Wall Street, ha llevado a los inversores a preferir, al menos en este primer trimestre de curso, la bolsa europea.
Y es que el Stoxx 600, índice que recoge la evolución bursátil de todo el continente europeo, alcanza este año un retorno del 3%, que contrasta en cerca de 4 puntos porcentuales con la evolución de su homólogo estadounidense, el S&P 500, que cede algo menos de 1 punto. Aunque todavía quedan casi tres de los cuatro trimestres del año para acabar el ejercicio, si finalizase así, sería el segundo consecutivo en el que los inversores prefieren Europa frente a Wall Street, ya que el año pasado la diferencia a favor del Viejo Continente fue de 15 puntos. Encarrilar dos años seguidos con este balance es algo que no pasaba desde hace casi 20 años.
La dinámica de mercado actual favorece que las bolsas europeas y asiáticas estén batiendo en este 2026 al S&P 500. «El año pasado, vimos cómo las acciones internacionales, lideradas por los mercados emergentes, superaban a Estados Unidos mientras los inversores insistían en la negociación del excepcionalismo estadounidense. Esa tendencia se ha mantenido hasta el primer trimestre, con el S&P 500 significativamente rezagado», explican desde Federated Hermes.
No se trata de una cuestión baladí. Desde antes de la crisis financiera de 2008 no se habían sucedido dos ejercicios consecutivos en los que las bolsas de Europa y Asia hubieran superado la rentabilidad del selectivo de referencia norteamericano. Concretamente fue en 2005-2006 cuando sucedió por última vez, poniendo de manifiesto las dudas del mercado sobre el excepcionalismo estadounidense que ha imperado en la historia reciente.
Giorgio Semenzato, CEO de Finizens, comenta que «este mejor comportamiento de Europa responde a un reequilibrio de valoraciones y composición sectorial ya que tras años de liderazgo basado de EEUU basado en tecnología, este mercado favorece otros fundamentales sólidos y múltiplos más ajustados, como Europa». En este sentido, el Stoxx 600 se está comprando ahora con un descuento de más del 25% por PER (veces que el beneficio se recoge en el precio de la acción) frente al S&P 500.
«Mientras EEUU afronta el reto de sostener valoraciones elevadas con tipos normalizados, Europa se apoya en políticas de dividendos resilientes y apoya esta rotación geográfica», sigue Semenzato. «La clave de inversión no reside en la apuesta regional dirigida sino en mantener una exposición global que capture los flujos allá donde se desplacen», concluye.
Julián Pascual, presidente y gestor de renta variable en Buy & Hold, aporta otro punto a favor de las bolsas europeas, que es su carácter value frente a los índices estadounidenses. «Además, el encarecimiento del petróleo ha tirado al alza de las compañías del sector en bolsa, más ponderadas en Europa», sigue. ·Con vistas al futuro, es muy difícil prever si se va a mantener esta tendencia, pues se trata de ciclos y con la incertidumbre desatada en los mercados y la economía por la guerra de Irán, cualquier movimiento de corto plazo puede ser muy brusco», concluye Pascual. Los analistas, en todo caso, le dan un potencial de más del 10% al S&P 500, multiplicando por cuatro el que le dan al índice europeo.
También en la misma línea, el director de inversiones de MiraltaBank, Ignacio Fuertes, cree que Europa «puede seguir mostrando un mejor tono que Estados Unidos en lo que queda de año, al menos en términos relativos. Hay varios factores que lo explican: unas valoraciones más razonables, unas expectativas menos tensionadas y un contexto en el que la política industrial, el gasto en defensa y la diversificación de flujos están dando algo más de apoyo al mercado europeo».
«Tras la corrección parcial de las valoraciones entre ambas regiones, el contexto macro actual favorece más a la economía estadounidense que a la europea, algo que previsiblemente también se reflejará en sus mercados bursátiles», señala, por contra, Jordi Martret, director de inversiones de Norz Patrimonia. «Dicho esto, a nivel microeconómico conviene matizar que muchas compañías, tanto europeas como estadounidenses, operan a escala global, por lo que su comportamiento no siempre responde de forma estricta a su geografía de origen, sino a dinámicas propias de cada negocio», concluye.
«En los últimos 15 años, los gigantes tecnológicos yankees han sido el principal motor del excepcionalismo estadounidense», destaca la respecto Yves Bonzon, Chief Investment Officer (CIO) de Julius Baer, que considera que esta dinámica no volverá . «El ciclo de inversión en IA (capex) ha sido el principal motor del rendimiento de las acciones estadounidenses en los últimos años y representa una vulnerabilidad clave para la economía de EEUU», destaca, alegando que «cualquier acontecimiento adverso que pudiera hacer flaquear a uno de los gigantes tecnológicos podría desencadenar una fuerte devaluación de los activos estadounidenses y supondría un riesgo significativo para el crecimiento económico, amplificado por el efecto riqueza».